Mide alrededor de medio metro de alto y tiene de tres a cuatro centímetros de diámetro en su parte más ancha. De muy bajo contenido en grasas su consumo aporta a nuestra dieta carbohidratos (como la inulina), fibra, proteínas, varias vitaminas, minerales y agua.
Posee pequeñas raíces blancuzcas que forman una cabellera enmarañada en la base del tallo y, aunque comúnmente se descartan, también son comestibles y de agradable sabor. Luego viene la primera parte de su tallo o bulbo (en la cual las largas hojas se superponen imbricadas) que también es blanca puesto que cuando alcanza el tamaño deseado se lo cubre con tierra para que no fabrique clorofila; de allí ya comienzan a amarillear y a separarse las hojas lanceoladas y de margen entero para terminar en un fuerte color verde azulado.
Podemos reproducirla mediante semillas; precisa suelos profundos y es muy resistente al frío; le agradan las ubicaciones a pleno sol pero se adapta también a media sombra. Sus flores hermafroditas se reúnen en inflorescencias terminales de tipo umbela, la polinización es entomófila, siendo las abejas quienes más las visitan.
Con él se preparan afamadas sopas (“porrusalda” en los Países Vascos, “vichyssoise” en Francia o la “leek soup” típica de la cocina galesa) y guisos aunque hay quien también la consume fresca en ensaladas o prepara los tallos en conserva. Dentro del marco de la medicina no tradicional se le atribuyen propiedades diuréticas, desinfectantes, hipotensoras, laxantes, desintoxicantes y se dice que es un excelente calmante natural para los dolores artríticos; por su alto contenido de hierro y ácido fólico se la recomienda en casos de anemia.
