De su tallo subterráneo, que es un tubérculo comestible que mide entre diez y veinte centímetros de diámetro y está provisto de fuertes raíces blanquecinas, emergen uno o más tallos aéreos anuales (cortos, gruesos y recubiertos de abundante pilosidad); si se quiebran brota de ellos una savia de consistencia acuosa.
Posee grandes hojas verdes simples, pubescentes y oblongas, sostenidas por cortos peciolos, con bordes festoneados y ubicadas de manera opuesta, que caen en el otoño y reaparecen al regresar el buen tiempo.
Es una de las más cultivadas de la subfamilia de Asclepias caudiciformes.
En primavera nacen sus singulares flores, que parecen estar enjauladas y emiten olor fétido. Suele haber hasta cincuenta de ellas, de color marrón o marrón-rojizo, distribuidas en grupos esféricos cerca del suelo, abriéndose en una rápida sucesión.
Con el feo aroma atraen a los insectos polinizadores, mayormente a las moscas, igual que hacen las Stapelias que son bastante similares.
Da frutos cilíndricos y ahusados en los extremos, tienen un grueso pericarpio recubierto por una piel lisa de aspecto aterciopelado; miden de tres a doce centímetros de largo y les lleva cerca de un año madurar; contienen numerosas semillas que son dispersadas por el viento.
Cuanto más frescas sean las semillas más posibilidades habrá de conseguir una germinación exitosa.
Prefiere suelos con buen drenaje; tanto sean arenosos, rocosos, pedregosos o con grava, y ubicaciones a sol pleno aunque puede adaptarse también a una sombra parcial. Es muy sensible a las heladas.
